EMPODERAMIENTO

Dice Claudio Naranjo

La mentalidad patriarcal se ha extendido en todo el mundo. Se caracteriza por su pasión por la autoridad, el ego, el ego patrístico, la violencia, la desmesura, la voracidad, la conciencia insular y egoísta, la insensibilidad y la pérdida de contacto con una identidad más profunda. El cerebro patriarcal nos ha llevado a despreciar la emoción y lo instintivo dando voz únicamente a la razón. Estamos ante un sistema inflexible que actúa y domina sin compasión. Una mente rígida, aislada, autoritaria y normativa que busca resultados y ganancias a corto plazo pero solo desde una perspectiva competitiva, materialista y consumista, dejando de lado el bienestar profundo, el desarrollo personal o la convivencia con el medio.
Si las emociones están prohibidas, lo instintivo aún más.
Somos el resultado de una cultura desapegada de los sentimientos, adicta al poder y al perfeccionismo y nuestras relaciones son el reflejo de esta ideología.”

Las mujeres nos hemos identificado progresivamente con los valores masculinos de nuestra cultura generando un desequilibrio interno que nos deja frustradas e insatisfechas.
Ya en el año 869 el concilio de Constantinopla estableció que la razón (hoy la ciencia) es la única verdad y fuente de conocimiento por lo que hay que separarse del cuerpo y de lo que transmite. Desde entonces la racionalidad imperante nos ha llevado a entender el mundo desmereciendo lo emocional y lo corporal, identificado con lo femenino y con lo que hay que dominar y controlar.
En este contexto la mujer ha sobrevivido asumiendo la misma ideología patriarcal en que la razón y el conocimiento se imponen sobre lo instintivo y corporal. Nos hemos liberado a costa de masculinizarnos perdiendo por el camino nuestra verdadera esencia y el contacto con el cuerpo y la naturaleza, sus ciclos y tiempos.

Aunque la mujer del siglo XXI piensa, vive y actúa de manera muy diferente de sus abuelas y bisabuelas continua llevando en ella los modelos de las mujeres de su familia.
En la intimidad siguen vigentes los viejos patrones que impiden a la mujer disfrutar de su libertad y plenitud. A esto se añade la creciente exigencia de esta sociedad competitiva y patriarcal en la que hay que ser las mejores en todos los ámbitos, para lo cual hay que desconectarse del cuerpo (otra vez), y por tanto del instinto, planificar y convertirse en un soldado disciplinado.

Siempre hay un objetivo externo que cumplir y el individuo no puede prestar atención a lo que está pasando. Se explota a sí mismo constantemente y sin coacción externa, la exigencia y la presión salen de uno mismo. Poseer, controlar, y lograr empieza a ser más valorado que ser y sentir. La cultura en que vivimos potencia por encima de todo la competencia, el control y el éxito. Hemos dejado de ser cuerpo para ser máquinas, dejado de lado las sensaciones para que la planificación ocupe todo el espacio, hemos abandonado el placer en favor de la producción y del rendimiento.

                                  Adaptado libremente del libro de Mireia Darder “Nacidas para el placer”

Nuestra relación con el placer es compleja.

Educadas para satisfacer las necesidades del otro, pareja, amante, padre, hijos… antes que las nuestras y para ser objeto de deseo y no sujeto deseante (culpa).

Fuertemente influenciadas por el peso de siglos de educación judeocristiana que valora el esfuerzo y el sacrificio, sobre todo el de la mujer, y condena el placer, el deseo y la sexualidad femeninas (más culpa y miedo). Pero cuando nos negamos esta conexión y excluimos partes nuestras como la sexualidad y el instinto perdemos la alegría de vivir y por tanto el deseo, perdemos la conexión con la vida.

La mujer se ha olvidado de su cuerpo como fuente de placer y lo contempla como algo que debe modelar y domesticar para convertirlo en objeto de deseo y admiración por parte del hombre.
Aun le cuesta defender el derecho a no ser perfecta y, renunciar a la autoexigencia constante fruto de un sistema ideológico patriarcal que nos dice que nunca somos suficientes.

Los principales recursos adaptativos que la mayoría de las mujeres ha desarrollado para que su conducta cuadrara con el constructo imperante han sido

  • Ignorar sus necesidades y desconectarse de su cuerpo

  • Desconectarse de su deseo y obedecer .

  • Satisfacer las necesidades de los demás antes que las propias, como si su función y su identidad pasaran solo en relación al “otro” (hijos, marido, padres…)

A menudo la mujer no se da permiso para decir si o no cuando lo desea sino que está más preocupada por cumplir las normas, sus células saben que de ello ha dependido su supervivencia durante muchos siglos.

No podemos olvidar que aún somos el fruto de generaciones y generaciones de mujeres violadas y abusadas. Nuestras madres, abuelas y bisabuelas se han sometido a los patrones patriarcales hasta cambiar completamente su esencia y su feminidad
Se han desconectado de su naturaleza femenina, de su instinto y de la vida que hay en esta conexión. Han sacrificado la vida por una estructura que las oprime, pero en la que ellas han aprendido que están la seguridad y la supervivencia. A menudo la mentalidad tradicional sigue conviviendo con la moderna y el sentimiento de culpa está al acecho tanto si se elige un camino como otro.

Cuidarme es conectarme con las necesidades del cuerpo para poder actuar desde allí, no desde las expectativas del otro o para complacer a los demás o para mantener una imagen. Se trata de encontrar lo que necesito y darme el placer de conseguirlo: autocuidado y autopermiso.

La propuesta es reconectar con el instinto y el cuerpo, la naturaleza y lo sagrado que hay en nosotras, desde el cuerpo y su movimiento, a través de la danza. Recuperar nuestro poder desde el instinto.
Para recuperar lo sensorial y corporal es necesario percibir el cuerpo y sus sensaciones. El deseo y el placer son previos a la conciencia, son previos al lenguaje y a la palabra.
Reconectar con el deseo a través del placer de escuchar, tocar, acariciar, sentir y mover mi cuerpo, sin exigencia, sin objetivos, por el placer de hacerlo, y disfrutar.
Parar, respirar, escuchar, sin juzgar, sin luchar los mensajes del cuerpo y llevarme esta información al movimiento, al día a día, a la vida, para poder elegir cómo quiero danzar mi vida.
Reconocer lo sensorial y corporal como fuente de placer y de vida que me conecta con el resto de seres vivientes y sintientes del planeta.

Honrar la vida que llegó hasta mi a través de todas las que me precedieron disfrutando, celebrar danzando que estamos vivas, somos cuerpo y naturaleza y somos parte de la danza de la vida.

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